Las pequeñas hojas de los árboles reflejaban miles de tonos de verde que el sol hacia para ellas. Las copas de los árboles, esbeltas, cimbreantes, se juntaban como un bello friso contrastando con el azul de la tarde. Por fin estaba sola, nadando, flotando inerme, en el agua, formando parte del líquido elemento, de la tarde, de los árboles, parte de un todo, en paz conmigo misma, con el mundo, parecía que había vuelto al útero materno, a la felicidad absoluta, disfrutando de aquella quietud cuando ya los bañistas se habían ido, en el momento feliz que anhelaba grabar en mi retina para recrearlo durante los duros días del invierno y abrirlo nuevamente en cualquier momento como algo preciado que me diese fellicidad cuando no la tuviese.
García Larios