Bruscamente la lluvia en los cristales
me arrebató del abrazo de la noche
y caí al vacío que en mi lecho
dejaste unido a mí para siempre...
En la densa penumbra de mi cuarto
te materializas de repente
y en lucha a las sábanas, anudado
tu recuerdo con mi soledad se mece.
En mi refugio nocturno, húmedo,
tras sudoroso combate con tu sombra,
vencida y exhausta me diluyo
abriéndose las alas del deseo.
Es mi piel que la tuya anhela
y mi mano que a tu mano llama,
mientras tiemblo herida y extrañada
de que me desveles nuevamente.

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